Cómo crear un personaje de ficción desde el minimalismo

En muchas
ocasiones, cuando hablamos de escribir, se tiende a confundir “encontrar
una historia” con “contar bien una historia”. Para lo primero, hace
falta inspiración, teclear mucho y un par de agallas para dejar la
procrastinación a un lado. Para lo segundo, además de lo primero,
necesitamos tener talento y una voz propia.

Como
escritor independiente que vive fuera de su país (y se autoedita), me
encuentro con gente que me habla de sus problemas sin saber a lo que me
dedico, si escribo o no, o si, simplemente, puedo aportar algo. Sin
duda, el problema más grande de una historia, reside en sus personajes.
No obstante, Algunas de las frases más pronunciadas son estas:
“Quiero escribir una novela, pero todavía no tengo tema…”
“Tengo una historia, pero no termina de convencerme.”
“Estoy
bloqueado, me falta la inspiración y no puedo escribir (y prefiero
hacer cualquier otra cosa antes de sentarme frente a la pantalla)”.
A los dos primeros, les doy una respuesta. Al último, una palmadita en el hombro.

Si
buscamos en internet, hay miles de manuales sobre cómo escribir una
novela. Teoría y más teoría que no sirve de nada si no practica.
Honestamente, no perdería demasiado el tiempo en leer demasiados libros
de este tipo. Sin embargo, no está de más leerse alguno, aunque si no
estamos por la labor, mejor echarle un vistazo a los consejos que muchos
escritores famosos dejaron de legado.

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Como
escritores (se dice de aquel que cobra por sus escritos, ¿no? Entonces
creo que puedo denominarme como uno), no hay mayor inspiración que la
vida propia. Tendemos a irnos por las ramas -hablando firme y claro-
cuando se trata de nuestra historia, olvidando que no hay mejor ficción
que la propia realidad. Como minimalista respecto a la praxis, he
entendido que toda (y digo TODA) historia tiene un reflejo directo,
fácil y sencillo, en la vida de otras personas.

Si
eres juntaletras como yo, y estás atascado o atascada, llevas días sin
dormir y tienes a un puñado de personajes desinflados y sin vida, prueba
a hacer este simple ejercicio minimalista que impulsará tu creatividad.

A
lo largo del tiempo, he conseguido analizar a mi “YO ESCRITOR” y
desglosarlo en una serie de problemas situacionales que llevaban a
callejones sin salida. Estos problemas, siempre se excusaban en el
famoso bloqueo del escritor o en una historia que cojeaba. No es una
ciencia exacta, sino lo que me ha funcionado, más allá de ser incapaz de
poner en práctica lo que dictaban los manuales.

PROBLEMA 1: Quieres contar una historia. No sabes por dónde empezar.

¿Realmente
quieres escribir una novela porque tienes algo que decir? ¿Quieres
escribir la novela para vacilar con tus amigos? ¿Porque está de moda?
Piénsalo, porque requerirá tiempo, esfuerzo y pocas recompensas. Si tu
novela es un bodrio, te lloverán palos por todas partes.

Hay
que partir de la necesidad de querer contar algo. No importa si es
vital o no para el resto del planeta Tierra si sí que lo es para ti.

¿Qué debe saber el mundo que hasta el momento desconoce?

¿Quieres compartir alguna enseñanza?

Punto 2.

Antes de escribir, debes tener algo en cuenta. Escribir para que otros nos lean, es un ejercicio de CONEXIÓN.

¿Recuerdas
a ese profesor de [insertar aquí nombre de asignatura] que daba unas
clases infumables? ¿Y cuando no escuchabas a tus padres? ¿Y las
discusiones con esa pareja que parecían interminables?

Todas esas personas buscaban conectar con ellas mismas.

Si buscas lo mismo, así será tu novela, un coñazo.

Antes de seguir, dedica varios segundos a pensar qué quieres con la novela.

¿Dinero? ¿Fama? ¿Lectores bailándote el agua? Error.

No se trata de eso, de verdad.

Piensa si realmente quieres conectar con alguien y si estás dispuesto a esforzarte.

PROBLEMA
2: Tienes historia, genial. No tienes personaje (admítelo, tienes
demasiadas ideas y un montón de páginas infumables que no llegan a
puerto).

-Espera un momento, mi problema es diferente, está en los personajes, ¿sabes? Como que les falta vida…

PROBLEMA
2 y MEDIO: Tienes personajes que no sirven demasiado = no tienes nada.
Busca a un protagonista y a su peor enemigo (un buen cabronazo).
Después, encuéntrales un par de amigos.

-Sí, sí, todo eso lo tengo. Pero son las necesidades de los personajes… la gasolina, que no prende…

SOLUCIÓN AL PROBLEMA

ESPACIOS MUNDANOS

Uno
de mis escenarios favoritos es el supermercado. Todos tenemos uno al
que vamos normalmente (si compras online siempre, analízate a ti mismo).
Prueba a ir un sábado, que es el día en que muchos hacen las compras
semanales y llenan los carritos. Cuando nos damos una vuelta por el
supermercado, tendemos a encontrar personajes de todo tipo
(excluyéndonos a nosotros mismos, que somos la omnipresencia). Si somos
un poco agudos, no hay más que echar un vistazo a lo que tienen en sus
cestas, para empezar a crear la historia. Hay de todo. Personas tacañas,
con problemas de alcohol, de sobrepeso, de higiene… ¿No me crees?
Vuelve a mirar. Observa lo que hay, lo que comen, lo que beben y ata
cabos. Mientras lees estas líneas, puede que mires con cierto
escepticismo a mi teoría, pero los personajes de ficción tienen las
mismas debilidades que los de carne y hueso. Si te das una vuelta y
echas un vistazo a ese chico (o chica) que deambula con la cesta de
pizzas congeladas, cerveza barata y un paquete de pasta, puede que no te
resulte adivinar cuál es su estilo de vida, si estudia o trabaja o si
va al gimnasio o no (eso sin hablar de su apariencia). A partir de ahí,
tendrás las respuestas a tus por qués, y pronto te darás cuenta de que,
probablemente, hay una historia detrás: un camino del héroe que no se
decide a empezar, una caída monumental de la que está a punto de
renacer.

Cabe mencionar que duele bastante cuando nos analizamos a nosotros mismos.

Este es un simple y minúsculo ejemplo de lo que unos pocos detalles son capaces de hacer, de decir, de transmitir.

Si
a tu personaje le falta un poco de vida, ponle la salsa que le sobra a
tu vecino, y más tarde, si te decides a escribir fantasía, sólo tienes
que añadirle unos cuernos, una cola de lagarto y un pendiente en la
nariz.

Esta
teoría no descubre la penicilina, aunque puede que te ayude a abrir los
párpados un poco más. Cualquier escenario en el que haya dos o más
personas (tú y alguien más, claro está), te servirá. Al escribir mis
historias, siempre me he basado en cosas que a) he vivido y que b) he
visto. Nuestra mente tiene la agresiva necesidad de cerrar lo que abre
(de ahí que funcionen tan bien el Cliffhanger, ¿verdad?). Recuerda la
serie “Lost” y la famosa teoría de las capas de cebolla.

Vete
a respirar el aire y vive un poco, tómate un café en alguna cafetería y
escucha una conversación ajena. En mi última novela, decidí abordar la
moda “new-age” y el florecimiento de las nuevas sectas budistas en la
Costa Blanca, gracias al reflejo (y vivencias) de otras personas, de
gente cercana a la que no tuve más que ver, visitar sus casas y escuchar
un poco sus historias. Eso fue hace más de seis años, pero la
información estaba ahí, latente en mi memoria (y un poco de Google, más
tarde): una persona que había perdido su rumbo tras una ruptura y
necesitaba aferrarse a algo. Después, el ejemplo se multiplicaba en
diferentes escenarios (por ejemplo, en lugar de Buda, una botella de
vodka).
¿Acaso Darth Vader no se aferró al lado oscuro, buscando una
solución fácil y rápida (en lugar de luchar y dejarlo marchar, como buen
caballero Jedi) para salvar a su mujer e hijos? Esta persona hizo lo
mismo, pero para salvarse a sí misma.
-Pero no es lo mismo
-Lo mismo es, Padawan.

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Cada
vez que voy a Tesco, encuentro a posibles estrellas del rock que no
llegaron a nada, adolescentes con desórdenes alimenticios, jóvenes
desinhibidos, rebeldes con ganas de romper las cadenas de sus padres y
otros que ya se han cargado por completo su presente, futuro y pasado.
Nos entusiasmamos con Kerouac o con Tolkien, pero lo mismo da un hobbit
agarrado que cuatro balas perdidas. En un borracho marchitado que espera
su turno, puedo ver a un Vader, a un Ciudadano Kane, al Joker de Batman
o cualquier persona capaz de convertirse en el héroe o villano de tu
historia. Todo depende de tu prisma, de tu forma de distorsionar la
realidad.

Como
escritores, nuestra función es contar todas esas historias de las que
nadie hará eco ni publicará en enciclopedias, a la vez que logramos
retener más atención que un estado de Facebook. A veces, nos
obsesionamos con hablar de nosotros mismos todo el tiempo, como si
fuéramos el ombligo del mundo, cuando, desde mi punto de vista, es más
sencillo e interesante observar y transmitir lo que viven otros (y que,
por suerte o desgracia, no podemos experimentar por nuestra cuenta).

Todos
nos hemos visto alguna vez en el Neo de Matrix, buscando la píldora y
dándonos cuenta de que, tras un tiempo, salimos de la matriz (ciudad,
pueblo, estudios, amigos y un largo etcétera) cuando empezamos a tomar
nuestro rumbo, ¿verdad?

Recuerda
que, en estos tiempos que corren, la atención vale oro. Cuando alguien
nos lee, tenemos que cautivar a esa persona, tocar con el corazón, darle
una razón y un puñado de emociones para que continúe leyendo y aprenda
la lección, y la mejor forma es haciéndola conectar con nuestra historia
(aunque sea un puzzle de piezas ajenas). Una vez más, repito, piensa en
aquel profesor y en aquellos días en los que no había dios que
conectara contigo. Entonces, no había alternativa, tenías que aguantar
hasta el final, pero hoy, es diferente, tu libro es reemplazable y el
tiempo es un lujo escaso.

Por
tanto: simplifica. Si no sabes sobre quién escribir, si no eres capaz
de dar vida a tus personajes de ficción, vete a lo básico, que no es más
que la vida misma.

Abre la puerta, sal a la calle, toma prestado un presente de alguien, escribe tu historia.

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