Cuéntame una historia

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No hicieron falta más de 48 horas para que las paredes de aquel hotel se convirtieran en nostalgia. Podía contar cómo reventamos el minibar abriendo champaña y saltando sobre la cama, y cómo aquel botones que al principio se negaba, comenzó a bailar cuando le puse un fajo de billetes en el bolsillo. Pero no, no fue así, no importa. De hecho, allí estábamos, en la noche, la lluvia al otro lado, ella abrazada y yo casi dormido, a tres mil kilómetros de mi origen, viendo una película en TVE Internacional, viendo un drama de Gracia Querejeta, a Adriana Ozores bebiendo mientras conduce un Land Rover.
Hoteles, qué lugares; algunos, una auténtica porquería, aunque con el paso del tiempo, todos parezcan limpios y entrañables en nuestra memoria, esa memoria selectiva que se queda con lo que desea, y si no, lo desecha. Cuando me encontraba entre aquellas paredes, pensaba en el escarabajo de cuatro ruedas; cuando me encuentro cerca, me baño en la calma del hotel. Sé que es irracional, así como muchas cosas de esta vida, y todavía siguen ahí, sembrando el terror en la vida diaria. ¿Que qué es lo que quiero? Escribir, eso es lo único que deseo, y punto, no hay más, esa es toda mi ambición, y llegar a viejo. ¿Y tú? ¿Sabes lo que quieres? ¿Lo has sabido alguna vez? Pues eso. El resto no interesa, y cuando digo el resto, me refiero a los artículos que explican lo que se debe o no comer, a lo que se debe o no hacer; a esas guías sobre persecuciones de sueños que no hacen más que deprimirnos, a Instagram, a la opinión de mierda que la gente deja por cada rincón de la red. Y digo de mierda, porque me recuerda a esos perros que cagan por las esquinas, dejando un mojón, a sabiendas que nadie lo quiere. Ayer gasté -bien o mal, quién sabe- más de dos horas viendo la televisión, sin mediar palabra, aplastado en un sofá. Después me sentí un desgraciado, ya no por lo que había visionado, sino por mí, por verme ahí tirado, como un harapo. Eso nadie lo cuenta, a nadie le interesan tus desgracias -en el fondo, a ti tampoco-. Como en el Gran Gatsby, lo que importa es aparentar. A veces pienso que hay gente que jamás logrará ser feliz, por mucho que lo intente. Hace tiempo que dejé de intentarlo y comencé a serlo. Vuelve a leer la frase anterior, encontrarás el secreto de la vida -y otros más-. Los días son una transición, así como la de España; una transición que lleva a un único puerto: la muerte, tu ocaso diario, llegar a casa, cambiarte de ropa, el momento de después de la cena. Repeticiones. Escucho a la gente en el metro y tengo la sensación de que hay que cumplir una serie de objetivos antes de los 30, de los 40, de los 50, antes de jubilarte, antes de los 20, antes de los 10, incluso antes de nacer. Estamos jodidos. No hay truco. A la tecnología no le importan las generaciones, ni tus estudios, ni lo que hagas. Una madre le dice a su hijo de 32 lo que tiene que hacer, él asiente con la cabeza, ella ajusta su corbata. Somos el nuevo boom, pero el incendiario, el de las faltas existenciales, el no saber qué hacer y preguntar a Siri en caso de duda. Respiro, hondo, pero respiro, porque es todo lo que nos queda, y todo lo que necesitamos para vivir, eso y las historias, las buenas, sin importar de dónde procedan, sin importar que sean reales o no, eso, historias, no hay más, que sí, hazme caso, y respirar. Asesórate, léete a uno de los buenos, toma nota y da un vistazo a tu cuenta de Facebook, a tu perfil de Linkedin, deja de mentir, basta, cuéntame algo que merezca la pena, si no, escucha, deja hablar al resto, toma nota, vuelve a intentarlo.

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