Documentar

Rebuscando entre los archivos, encuentro viejas fotos que hice en su día con un iPhone 3. A veces, pienso que padezco un poco de Síndrome de Diógenes digital. Abro una de las fotos y la memoria me lleva a Varsovia, a un 2013 que sigue intacto. Entonces, vivía en una buhardilla en el caso antiguo de la capital polaca. Recuerdo que eran tiempos extraños en los que salía a menudo y escribía más bien poco. Una época de encontrarme a mí mismo y dejarme llevar por la marea. Reconozco que me divertí. Las imágenes me golpean en la cabeza y me veo, a mí mismo, con unos pantalones rotos por las rodillas, en el puente Poniatowskiego, dejando el río Vístula a un lado y esperando a un autobús que no llegaba. En mi teléfono escuchaba música punk a todo volumen. Estaba algo molesto. Por esa época me veía con una chica de allí, no de Varsovia, pero de allí. Pese a que estudiara arte, era más conservadora de lo que esperaba y eso provocó que los trenes descarrilaran. Eso, y que me gustara demasiado la noche, la fiesta y tener una vida atípica. Más tarde, me olvidé de ella por una temporada y lo último que supe era que tenía un novio mayor que yo y con un trabajo estable. Ser escritor siempre está relacionado con la pobreza o como una afición sin remunerar. Queramos o no, nunca pensamos que la persona que tenemos al lado vaya a ser quien ocupe las estanterías de las librerías, pero es un riesgo que siempre he asumido -y que me ha importado más bien poco-.

Me recreo en el recuerdo dotando a las imágenes de más color y recuerdo, por golpe de gracia, que era una de las historias que había escrito en una vieja recopilación de textos llamado “Una noche en Varsovia”. Busco entre mis documentos y encuentro una copia antigua del escrito. Reviso las historias. Todo queda tan lejos que me asombro de haber sido yo quien escribió aquello. Días en los que la escritura era más real que ficticia. Días en los que documentar era la única forma de crear.
Leo las páginas de un tirón y me levanto a preparar café. “Una noche en Varsovia” fue algo más que una noche, fue parte del germen que nacería después. Sin embargo, sin esa obsesión por documentar los días, las vivencias, hoy habría sido incapaz de regresar a aquel puente, a esa brisa fría del atardecer de una primavera polaca, a esas sensaciones que ya había olvidado.

“Sentí que había dejado algo, una maleta de rocas que no volvería a cargar. Me sentí aliviado mientras esperaba al autobús. Encendí el iPhone, miré mis Vans negras con un agujero a la altura del dedo gordinflón y busqué la banda de hardcore-punk más dura que tuviera. Quería gritar hacia dentro.”

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