El artista callejero

Hace unos días hablaba con mi amigo Mateusz sobre la vida, su nuevo trabajo y el futuro de ambos. Mateusz también es un músico frustrado. Tuvimos una banda, The Pawels, pero no llegó más allá de grabar una maqueta. 

Pasamos por uno de los subterráneos de la ciudad (en Varsovia, como en Berlín y otras ciudades del centro y este de Europa, existen muchos subterráneos que conectan las calles) y vimos a uno de esos músicos callejeros que están por todas partes, en cualquier lugar del mundo. Era un chico joven, de nuestra edad, con la funda de su guitarra abierta, unas monedas y un cartel con una dirección en SoundCloud). Tocaba su guitarra, cantaba en polaco. No lo hacía mal, de hecho, era bastante melódico. Lo miré varios segundos y le di varias monedas. El tipo siguió con lo suyo, cantando, regalando su música. 

Mateusz me miró con desdén.
—¿Crees que es una pérdida de tiempo… o de dinero? —dije.
—¿Qué va sacar? —contestó —. ¿100 zlotych (25 euros)? Eso si tiene suerte…
—No se trata de eso —dije —. Está dándose a conocer. Hace lo mismo que yo, pero yo no puedo ponerme a leer, ahí en medio, ¿no lo entiendes?
—No es lo mismo —repitió.
—No está obligando a que le des dinero, ni a que compres sus discos —expliqué —. Está regalando su música, conectando con otros. Habrá gente a quien no le guste y a quien no le importe. También habrá gente que mire, que quiera comprar pero piense que es una pérdida de dinero invertir en un músico callejero. Estamos limitados mentalmente, y el arte se muere poco a poco. Aún así, hay que continuar luchando, mantener la actitud y buscar a esos que todavía apuestan por el nuevo arte, los nuevos talentos o simplemente la gente que hace cosas que nos hace sentir bien, como la música o los libros.
—Sigo pensando que no es lo mismo —añadió —. Tú escribes libros y ellos los descargan gratis. Eres un escritor autosuficiente.
—Es lo mismo, Mateusz. No seas ceporro —dije —. Hay quien descarga y no los lee, simplemente acumula porque es gratis. Otros que empiezan y no se sienten interesados. También existen los lectores que odian leer algo que no les gusta, y finalmente, un grupo de gente, que apuesta por mí y por lo que escribo. Sin embargo, yo no estoy en la calle.
—Entiendo —dijo —. Necesitas un grupo de gente suficiente que pague por tu trabajo y poder hacer lo mismo, ¿verdad?
—Sí —contesté —. Gente que pague por mis libros, o que haga donaciones, ya sabes… Que invierta en el artista.
—¿Dónde está esa gente?
—No lo sé —dije —. Sé dónde están algunos, pero necesito más.
—Entonces haz como él —dijo refiriéndose al músico —. Pide, pero no pidas.
—No te entiendo… —contesté.
—Pide sin pedir, como hace él —explicó —. Pon tu cuenco de plástico, invítales a ayudarte y quien quiera pagará por leerte gratuitamente, o comprará tus libros, o simplemente no hará nada.
—Suena bastante bien —dije —. Pero la realidad es otra.
—Bueno… —dijo Mateusz riendo —. La realidad es que ese tipo lleva ahí más de un año, todos los días, aseado, bien peinado. ¿De qué crees que vive? Deberías hacer lo mismo. Puede que la gente no pague por tus libros, pero quién sabe si lo hará para que sigas escribiendo.

¿Y tú qué piensas? Comenta abajo. 

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