Nueva novela 10 de noviembre

Gabriel Caballero regresa. Esta vez, debe sobrevivir. La segunda parte de una novela convertida en best seller de Amazon, La Isla del Silencio. El próximo día 10 de noviembre verá la luz a nivel mundial. Investigación, sexo, acción, mediterráneo y rocanrol.

Si te haces hoy con La Isla del Silencio te llevarás incluidas las primeras 37 páginas de esta nueva entrega. Por sólo 0.99$. Aprovecha que no durará para siempre.

El piso, un coqueto estudio con suelo de mármol, escueto balcón y vistas al mar, era propiedad de su amante. Ella no dijo nada y yo preferí no preguntarle, aunque cabía la posibilidad de que el susodicho apareciera tarde o temprano y con cara de pocos amigos.

Vuelve a la cama —ordenó—. Todavía es pronto…

Tenía un mal presentimiento. Algo no encajaba.

Voy a dar una vuelta —contesté—. ¿Café y cruasán?

Valentina se dio la vuelta cuando un claxon sonó desde el exterior. Levantó la cabeza y me miró.

Me puse los pantalones, me abotoné la camisa y recogí mis pertenencias. ¿Cómo lo hizo? Todavía me lo pregunto.

Al abrir la puerta apareció un hombre con el cabello engominado hacia atrás, con polo de color amarillo y cuello levantado, pantalones cortos de color caqui y Rayban antiguas. Un hombre con cara de desencanto, de dolor en el pecho y corazón roto. La arteria de su cuello, abultada, enrojecida.

¿Tú quién coño eres? —dijo guardándose las llaves del apartamento. No se había equivocado —: ¿Valentina?

Ella se cubrió con la sábana.

¡Rodrigo! —contestó—. Te lo puedo explicar.

Ya conocía la historia, sabía cómo terminaba y, después de todo, estaba de vacaciones.

¡Serás guarra! —gritó.

Intenté despedirme a la francesa, pero me cerró el paso —: Tú no vas a ninguna parte.

Y sacó una navaja de su bolsillo.

Cálmate, Rodrigo —rogó Valentina, pero él ya no escuchaba.

A ti —me volvió a gritar—. Sí, a ti. No sé quién eres, pero te voy a cortar las pelotas.

A veces dialogar está de más. Dicen que la violencia es el último de los recursos, que todo se puede solucionar con la palabra y la razón. Rodrigo no parecía una de esas personas a las que les gusta sentarse en una mesa y discutir el por qué me había acostado con su chica, fuese como fuese. Rodrigo llevaba tanta gomina en el pelo como odio dentro de sí, y no iba a dudar en cortarme los testículos con su navaja manchega.

 

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