Rápido

 

Los rosales de la parcela se han secado. Junio ha llegado sin avisar y el humor de la gente es otro, quizá porque las playas rebosan de bañistas o porque todo el mundo viste de manga corta.

El tiempo me ha dado la razón a mí y no a mi ego. Hace unos días, en la barra de un bar, entablaba una conversación con el dueño del local y un desconocido sobre la juventud de hoy y la de ayer, de la brecha que existía entre los que habíamos vivido sin internet y de quienes nacieron siendo nativos digitales.

Sin ir más lejos, una persona de cuarenta años era incapaz de entender cómo los jóvenes se comunican hoy. Yo, una de casi treinta, hago un esfuerzo por comprender su realidad.

Allí sentado, me daba cuenta de que el discurso no había cambiado. De que las personas seguimos criticando lo que viene después por miedo al desconocimiento o porque, simplemente, creemos poseer la razón.

Me interesa ver cómo el mundo cambia, pero me niego a vivir angustiado por ver cómo el rumbo de los acontecimientos no es el que a mí me gustaría. Nunca lo ha sido.

Pararse a pensar, ya es todo un logro.

No obstante, sí que existe una diferencia abismal entre el ayer y el hoy que poco tiene que ver con la tecnología sino con su uso.

Hace quince años, las opiniones que procesábamos eran las de nuestro entorno y los medios de comunicación. Hoy podemos leer cientos de ellas, indirectamente o no.

Mensajes de apoyo, de odio, de envidia, de crispación, de empatía. Las palabras van cargadas de emociones y, aunque el impacto se reduzca al transmitir el mensaje, siempre queda algo en ellas. Si antes era la opinión de una desconocida en un bar, hoy son las de cincuenta perfiles de Facebook.

Y todo suma, todo nos afecta, aunque no lo creamos. Todo el mundo tiene derecho a opinar, pero eso no significa que tales opiniones merezcan un espacio en nuestras emociones diarias.

Me niego a mirar atrás con ojos de nostalgia porque ésta no es buena consejera. Sin embargo, abogo por un uso práctico, saludable, consciente y nutritivo de lo que consumimos.

Mucho se critica a la comida rápida, pero poco se habla del contenido sesgado, vacío y emocional que abunda en las pestañas del navegador.

Si nos gusta el olor de las flores y no el de la putrefacción, no entiendo por qué insistimos en alimentar nuestros pensamientos con emociones podridas.