Rituales

Publicar un libro es como despedirse de alguien por un tiempo. Dices adiós a una serie de personas que, con entregas, se hacen más y más familiares -por no decir reales-. Con la resaca laboral todavía latente, las paredes de mi casa están más frías que nunca y siento el vacío de la ausencia. El luto es parte del ritual: la historia es de los lectores y no mía. Ya no me pertenece. Coltrane ya no toca para mí y las imágenes de todo este tiempo se desvanecen. Un proceso creativo que sube y baja culminando en un anochecer. A diferencia de otros hábitos, las novelas terminan, como todas las historias en esta vida, pero el síndrome de abstinencia perdura unas semanas. Sé que pronto alguien tocará a mi puerta, cuando esté cocinando a fuego lento, cuando suene la cafetera o en medio de una ducha caliente. Esto funciona así, nunca sabes en qué momento concreto, pero sabes que llegará y debes estar preparado. También sé que ese alguien será conocido y tendrá forma de policía, de asesino en serie o quién sabe.

Mientras tanto, haré lo que mejor se me da: tomar notas en cuadernos polvorientos, leer buenas historias, ser agradecido, optimista, escribir a diario y vivir la vida, los pequeños placeres. Volver a las viejas costumbres, frecuentar las barras de los bares, conducir hasta la ciudad, tomar una copa de vino tinto, observar a los pescadores llegar a puerto con el pescado fresco, perderme entre miradas, regalar sonrisas de complicidad. Hoy, la vida es eso, no necesito más. Mañana, quién sabe. Levantarme e irme a dormir con la tranquilidad de haber hecho lo que quería. La tranquilidad de haber cumplido con mi labor. Desechar historias hasta dar con la buena, la que me haga vibrar al escribir, la que agite al lector que la reciba. No siempre estuve aquí, no siempre fue así. Hace meses que no llevo reloj de pulsera. Es una forma de recordar que hace unos años vivía atado a él. Sin embargo, de él no me dolió despedirme.

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