De historias y quimeras

white convertible car parked beside palm tree during daytime

Construir un sueño, requiere tiempo. Estos días disfruto del aire húmedo de la Costa Blanca, del paisaje de palmeras y secarrales que pueblan el interior de la provincia. Estos días disfruto, en general, de mi sangre y de un entorno que siempre está conmigo. Pero también hay tiempo para trabajar. Uno nunca llega a desconectar del todo. El comienzo del verano suele recordarme al final del curso académico. Por alguna razón, la repetición de los ciclos se queda arraigada a las costumbres y no encuentro otra forma de sentir la llegada del mes de julio. Desde que me dedico a la escritura, suelo aprovechar este hiato de evasión para plantearme en qué momento de mi carrera estoy y hacia dónde quiero ir. Medir los tiempos, cambiar de marcha y auditar lo que llevamos caminado, es más que necesario si queremos seguir en la senda. Hace dos años (aunque parezca que fue hace una década), me preparaba para encarar el Premio Literario Amazon con la novela El Doble. No lo gané, pero logré ser finalista. Para mí, fue todo un logro. Desde entonces, han cambiado tantas cosas que soy incapaz de enumerarlas de memoria. Dos años de aventuras, de aprendizaje, de fracasos, de experimentar… pero también dos años de diversión y trabajo sin freno.

Los planes han cambiado, como también lo han hecho la tecnología, la vida, el mundo en el que habitamos. Nunca me ha gustado demasiado el término escritor, por todas las connotaciones que arrastra y lo mucho que limita a quien se le etiqueta con éste, aunque entiendo que haya que llamar de algún modo a quienes contamos historias. Disfruto, como el que más, escribiendo y leyendo, pero también lo hago escuchando a Chet Baker, desayunando con en un viejo hotel costero con vistas al mar, comiendo una cazuela de mejillones al vapor con la compañía de un buen amigo y una botella de vino, y perdiéndome en los ojos negros de una bella desconocida al atardecer. Yo a todo esto lo llamo la bona vida, el savoir-vivre que dirían los franceses. Y todo eso, queda entre las páginas, como una mancha de tinto en la camisa, como el gusto amargo de un café a media tarde. Porque sin una cosa, no existiría la otra, al menos para mí.

Sin historias, no habría vida, y sin vida tampoco podría fingir que me invento lo que escribo.

Por eso, construir un sueño lleva tiempo, porque uno nunca sabe si es real o no lo que ve, mientras lucha contra el ruido y las sombras de quienes se rindieron antes de hora; quienes optaron por otros caminos diferentes al nuestro. Lleva tiempo porque nunca sabremos si llegará aquello que tanto anhelamos aunque, al final del camino, esto sea lo que menos importe.

Cada forma de ver la vida es diferente y eso es lo que nos hace únicos. Cada cierto tiempo, la sociedad nos recuerda que la vida es corta, pero todos olvidan que si no cuidamos de nuestras propias quimeras, otros lo harán.