El alumno aventajado

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Jueves, día de podcast con amigos, segundo café, Baker y Desmond amenizando un amanecer cubierto por las nubes. Después de unos días de sequía mental, por fin he dado forma a algunas tramas nuevas.
A estas horas me acuerdo del hombre de traje y pañuelo con el que me crucé ayer en una de las calles del barrio, apoyado en el morro de su Porsche 911 descapotable, leyendo una novela de Marcial Lafuente Estefanía.

Ayer envié un correo a mis lectores contándoles una breve historia de la génesis de la novela que saldrá el próximo martes. Me gusta el formato, estar en contacto con quien me sigue y darle forma a un medio antiguo que sigue transformándose. Lo bueno de ser un llanero solitario es que puedes hacer lo que te dé la gana, experimentar y probar hasta encontrar lo que te funciona. Sin darme cuenta, han pasado ya unos cuantos años desde que me dedico a algo que me ofrece una libertad absoluta, y eso no tiene precio. La libertad de no depender de nadie más que de quien me confía en mi obra. Por esa razón, a comienzos de año decidí desentenderme de aquello que sólo generaba distracción, ruido y estrés. Es fácil perderse en las aguas de la Red y en las demandas de ciertas gentes. Diez años atrás, tenía el foco puesto en otras cosas. Muchas de ellas estaban relacionadas con la vanidad, con resonar, con lograr que sucediera. Era más joven, más ingenuo y supongo que la mentalidad venía en el paquete. Pero hay cosas que suceden de otra manera y te ayudan a comprender que no sólo hay pastel de sobra, sino que hay muchas pastelerías. Después, uno logra pagarse esas fiestas, las comidas en los restaurantes y los cócteles en los bares de los hoteles, todo pierde su brillo, y acaba dándose cuenta de que es mejor hacerlo con quienes significan algo para ti y no buscan más que tu compañía. Entonces te vuelves más celoso de tu intimidad y comprendes que es mejor no compartir ciertos aspectos de tu vida. Permanecer en la sombra tiene sus ventajas.

Leo, como mucha gente, lo que me apetece y me atrae en ese momento, sin cánones de por medio, sin reglas que cumplir y sin miramientos a la hora de dejar un libro a medias. Por tanto, cuando escribo, también hago lo mismo, lo mejor que puedo en ese momento, y no vacilo en guardar un borrador en la carpeta de interminables aunque esté a dos capítulos del final. Me duele, pero es lo mejor para todos. Tal vez mi yo de la universidad buscara demostrar algo. El de hoy sólo pretende transmitir el centrifugado de sensaciones y escenarios que llevan de la primera línea al final de la historia sin que nadie se dé cuenta. Una experiencia agradable, reseñable, profunda, reflexiva. Nada más, y eso me hace aventajado respecto a mi yo anterior.

Cada persona es un mundo, lee con distintos ojos y se fija en otros detalles. Y yo no soy quien dirá que el malo de la novela era otro.
Tengo claro que en mis historias estoy escribiendo la biografía que nadie se atreverá a hacer, pero los que vengan detrás me entenderán un poco mejor.