Somos lo que vivimos

woman smoking near vehicle

 

Recuerdo la primera vez que leí París era una fiesta de Hemingway. Tenía veintiún años, unos cientos de euros en la cartera, estaba perdido en la estación de ferrocarriles de Katowice y había un metro de nieve apilado junto a los andenes. Era un día gris, helado y desconcertante. Con ayuda de un hombre y una mujer, compré un billete de clase preferente con destino a Varsovia. Por fin, mi sueño se haría realidad. Iba a convertirme en un escritor de verdad. Aquella fue la primera vez que leí un libro del tirón, en cuestión de horas, y también la primera en la que me subía en un tren tan viejo. Me sentí como la mujer del cuadro de Edward Hopper, leyendo, observando por la ventana cada uno de los pueblos en los que parábamos, hambriento, pegando cabezadas y controlando a los vagabundos que se colaban en los vagones vendiendo cerveza barata a cambio de unas monedas. Mi experiencia previa, tras haber vivido un año en la frontera con Rusia, me llevó a comprar una de esas petacas de vodka de sabores de cien mililitros, por si la calefacción fallaba allí dentro. Las cinco horas y media que tardó mi tren, fueron eternas, pero recuerdo aquel inicio como parte de una historia que no tenía vuelta atrás. Cuando leía al viejo, así como me pasaba también con Henry Miller en su Trópico, me imaginaba como ellos, viéndolas venir, dispuestos a encontrarle el sentido a la vida, pero también a sí mismos.
Echo la vista atrás y noto que ha pasado ya una década de aquello. Varsovia fue una fiesta, quizá mejor que la de París, aunque ni Joyce, Fitzgerald y Zelda estuvieran por allí tomando champaña, pero no sólo Varsovia, sino todas las ciudades que visité durante aquellos años. Nunca lo necesité. Allí había otros, con nombres más complejos de escribir. El resto, lo tenía conmigo entre páginas, en los momentos de gracia y en los de soledad. No sé mucho sobre la reencarnación, pero a lo largo de todos este tiempo pasado, he vivido unas cuantas vidas y he quemado otras muchas. No fue un fin de semana, ni tampoco unos meses. No era cómodo, ni tampoco agradable en muchas ocasiones, pero nada de eso podía impedirme seguir. En total sumaron cinco años que me convirtieron en lo que soy, en lo que escribo y en lo que pienso. Y es algo irreparable. Vi muchas cosas que no había visto antes, desgracias, maravillas y verdades. Cuando haces ciertas cosas, a diario, a una temperatura inferior a menos diez grados, te acostumbras al dolor físico, pero también al emocional. Y un día, ya no sientes nada. Curtirte de esa manera, te hace quitarle importancia a muchas cosas que no la tienen, aunque antes creyeras que sí. De un modo u otro, a la fuerza, aprendes a encontrar la forma de seguir a flote.
Cada persona elige su aventura, su vida, sus experiencias. Yo buscaba convertirme en escritor, pero no en uno cualquiera, sino en uno vivo, y me llevé una gran sorpresa, muchas amistadas y un puñado de imágenes escritos a fuego en mi memoria que me hicieron de mí lo que siempre había buscando entre las páginas.