Retos y rutinas

Las crisis existenciales golpean como un púgil de vez en cuando. La mía llega siempre para mi cumpleaños. Así que, para ponerle remedio, me he obligado a escribir una entrada durante un año. Sí, un año. Un maldito año. Hace unos días, leí (en un blog) lo útil que había sido para el autor. También leí (en otro blog) que uno no alcanza su estilo hasta que no escribe diez novelas. No sé, todo es tan confuso… Creo que he terminado en un círculo de ansiedad sin saber cómo; en un vaivén de artículos sobre cómo escribir, cómo hacer esto, aquello.

Cada uno tiene su camino, yo tengo el mío pero, también es cierto que, hacer las cosas erróneamente no es un mal necesario. He dado palos de ciego por falta de constancia, de vida y de otras cosas. Seguro que tú también.

Hay que empezar por alguna parte.

  • Me he prometido escribir algo útil y, sobre todo, no hablar de mis libros, aunque sí de los libros de otros.

En estos años, si algo he logrado (además de independizarme) ha sido ser constante escribiendo. Es posible escribir 1000 palabras al día. Y más, también.

  • Otro de mis retos actuales es el de leer un libro a la semana. Ya he leído uno, “Escucha la canción del viento” de Murakami.

Reconozco que me ha gustado, quizá por ser corto. La primera vez que leí Tokyo Blues, se me atragantó. No era el momento, aunque, más tarde, comencé a entender la forma de escribir del japonés.

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En el prólogo del libro hay algo que subrayo.

“Muchas personas —y con ello me refiero, en la mayoría de los casos, a la sociedad japonesa— terminan primero sus estudios, después encuentran un empleo y, por último, tras un corto intervalo de tiempo, se casan. Esto era lo que yo también, en un principio, tenía la intención de hacer. Al menos era lo que, a grandes rasgos, pensaba que acabaría haciendo. Pero, en realidad, resultó que primero me casé, empecé luego a trabajar y entonces, por fin (como pude), acabé mis estudios. Es decir, que seguí un orden completamente inverso al habitual.
Estaba casado, pero me desagradaba la idea de trabajar para una empresa, así que decidí abrir un negocio. Un establecimiento donde se pusieran discos de jazz y se sirvieran cafés, bebidas y comidas. Me movía la idea, muy simple y en algún sentido optimista, de que, como me gustaba el jazz, me iría como anillo al dedo un trabajo donde pudiera escuchar música de la mañana a la noche. Pero un estudiante casado no tiene dinero, por supuesto. Así que, durante tres años, mi esposa y yo estuvimos trabajando para varios sitios a la vez y ahorrando tanto como pudimos. Y también fuimos pidiendo dinero prestado[…]”

“Escucha la canción del viento es una novela breve, más cercana a una novelette que a una novela propiamente dicha. A pesar de ello, me costó mucho escribirla. Aparte del hecho evidente de que apenas contaba con tiempo libre, no tenía, para empezar y ante todo, la menor idea de cómo se escribía una novela. A decir verdad, yo era un apasionado lector, entre otras, de la novela rusa del siglo XIX y de novela negra americana, pero he de admitir que jamás había tocado una novela contemporánea japonesa. De modo que desconocía qué novelas se leían en el Japón de entonces y tampoco tenía muy claro cómo debía escribirse una novela en japonés.
Pero pensé: «Será algo así», e invertí algunos meses en redactar algo que se pareciera a lo que había imaginado. Sin embargo, cuando terminé de escribir y la leí, ni siquiera a mí acabó de convencerme. Aunque tenía la forma de una novela, su lectura no despertó mi interés y, al terminar de leerla, no había nada en ella que me conmoviera. «Si quien la ha escrito piensa esto cuando lee el texto, al lector seguro que le pasa igual», me dije. 

“Reconsideré la cuestión y me dije que era natural que no hubiese sido capaz de escribir bien una novela. No había escrito ninguna en toda mi vida y no podía esperar escribir algo excelente a la primera, así, sin más. Quizás el error radicara en el punto de partida, al pretender escribir una buena novela. Me dije: «Si, de todos modos, no puedo escribir una buena novela, ¿no debería dejar de lado ideas preconcebidas del tipo: “una novela es así”, “la literatura es asá” y escribir tal cual, libremente, a mi gusto, lo que siento o lo que me viene a la cabeza?».
Claro que «escribir tal cual, libremente, al gusto de uno, sobre lo que uno siente o le viene a la cabeza» no es tan fácil de hacer como de decir. Es una labor extremadamente difícil, en particular para quien no ha escrito nunca una novela. Para cambiar mi concepción de raíz, ante todo, decidí renunciar al papel de escribir y a la pluma estilográfica. Con la pluma y la hoja de papel ante los ojos, acababa adoptando, lo quisiera o no, una postura «literaria». A cambio, saqué una Olivetti con teclado alfabético inglés que tenía guardada en el armario empotrado. Con ella decidí empezar a escribir una novela en inglés a modo de prueba. Con el propósito de hacer algo distinto a lo habitual, fuera lo que fuese.”

“Por lo tanto, cuando me dispongo a plasmar en un texto mis propias emociones o imágenes, a veces estos contenidos van y vienen aceleradamente, se agolpan y colisionan. Sin embargo, cuando voy a plasmarlos en una lengua extranjera, en la medida en que el número de palabras y expresiones es limitado, esto no se produce. En aquel momento descubrí que, aunque el número de palabras y expresiones fuera limitado, si uno era capaz de ensamblarlas de modo efectivo, las emociones y las ideas podían expresarse muy bien. En resumen, que «no hacía falta poner una palabra complicada tras otra», que «no hacía falta utilizar expresiones hermosas para despertar la admiración de la gente» 

Fragmento de: Haruki Murakami. “Escucha la canción del viento & Pinball 1973”. iBooks.

Ahora voy a por el segundo, “Historias del Kronen” de José Ángel Mañas.

¿Tú también te pones retos? Deja tus comentarios abajo, juntos hagamos este sufrimiento más llevadero.

Canción del día. Sentimiento de hoy.

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