Veinticuatro

Como dos bandadas de pájaros que se cruzan en el cielo emigrando hacia otro lugar. Destinos opuestos y un encuentro efímero.

Palabras que vinieron a mi cabeza cuando apagué el cigarrillo en el marco de la ventana. Allí me encontraba, a dos mil kilómetros de casa, huyendo de una relación, una de tantas.

Jamás se me dio bien cerrar el trato.

La cobardía me obligaba a correr, yendo lo más lejos posible.

En apenas año y medio, había recorrido diferentes países de Europa del Este por una misma razón: mujeres. Resultaba tan sencillo enamorarme como pensar, poco tiempo después, que podía conseguir algo mejor.

No me consideraba una persona exigente, pero los pequeños defectos pronunciaban mi insolencia al final de cada romance. Irina quiso una relación estable; Ana no pudo controlar su baja autoestima; Aleksandra pidió seguridad antes de acostarse conmigo. A todas las herí, dejando una mancha imborrable en sus recuerdos.

Chicas ejemplares, bonitas por dentro y por fuera. Pasar el resto de los días con ellas se hubiese convertido en una bendición. Desgraciadamente, me solía dar cuenta tarde. Asumía como última enmienda que necesitarían a un hombre mejor que yo. Y es que, a pesar de todo, compromiso, inseguridad y sexo seguro, eran tres denominadores que pesaban demasiado.

De nuevo, volvía a estar solo, y ésa vez, perdido en Varsovia.

Pocas ciudades me quedaban por recorrer, pensé.

Aquella mañana preparé tostadas con queso y té. Los días dejaron de ser especiales. Me había acostumbrado tanto a aquel almuerzo que en ocasiones no recordaba dónde vivía. Calles y bloques rectangulares, tristes y pálidos. El símbolo de la herencia de un régimen soviético. Lo notaba en sus caras y ellos miraban como si fuera un extraño.

La primavera olía a un invierno rezagado que se oponía a marchar. Salí del apartamento y me dirigí hasta la parada de metro con un maletín viejo lleno de folios en blanco. Páginas que algún día llenaría de historias. Mi destino, un barrio residencial alejado del centro con una estación de autobuses, la última parada. Las estaciones de autobuses me hacían sonreír. El maletín me otorgaba invisibilidad y podía verme reflejado en tipos que facturaban su equipaje con destino a ningún lugar. Todos eran una copia de mi persona, una nueva oportunidad. Desde la cafetería, observaba parejas que se despedían con besos y abrazos. Entonces me imaginaba a mí mismo siendo parte de ellas, buscando un final diferente a mi pasado, pequeñas muestras de cariño que me hicieran sentir mejor.

Una vez en el metro, entré en el vagón y me senté. El viaje era largo y lento, así que saqué un título viejo de Beckett de mi chaqueta. Una chica rubia con nariz puntiaguda se puso a mi lado. Pequeña de estatura y de más edad, su piel se mostraba suave y fina.

Deseé tocarla, parecía tan frágil. Las puertas se cerraron y nos pusimos en marcha.

Ella observó el móvil y yo comencé a leer. Una situación tan mundana que no me sorprendió sentir el perfume de una mujer junto a mí.

Al cabo de varias paradas, el vagón fue vaciándose y me pregunté si habría olvidado su destino.

—No conozco a muchas personas que lean a Beckett —dijo en inglés y se quitó los auriculares.

Alcé la vista y esgrimí una ligera sonrisa.

—Yo tampoco. No conozco a mucha gente que lea —contesté. Mi comentario le hizo gracia.

—¿Y de qué trata? Si no interrumpo.

—Para nada —dije sorprendido y cerré el libro. No era frecuente que una mujer hablara a un extranjero en el transporte—: Es sobre un tipo que huye en bicicleta.

—Yo no lo llamaría huir. Las personas siempre vamos en una dirección.

—Aunque sea opuesta a la que nos marca la vida —añadí.

—La vida no siempre tiene razón. El destino es quién nos encuentra, queramos o no.

—¿Crees en esas idioteces?

—¿Cuál es la diferencia a no hacerlo?

Su nombre era Asia.

Trabajaba en el departamento de recursos humanos de una conocida marca de ropa. Parecía confundida y desilusionada con la mirada pegada a la pantalla de su teléfono.

Sin explayarme demasiado, mis palabras supusieron un bálsamo para su rutina. No quise que me tomara por un demente solitario, así que fingí ser un periodista dirigiéndose a tomar algunas notas cuando preguntó por mi equipaje. Bajo el ruido de los raíles, la literatura quedó en un segundo plano y la conversación demoró en carreteras secundarias y generalizaciones, hasta que detuvo mi explicación.

—No quisiera resultar atrevida —dijo nerviosa—, pero esta conversación es muy agradable.

Me irritaba cómo las mujeres centroeuropeas eran tan jodidamente correctas.

—Aún no lo has sido —sonreí—. Estoy de acuerdo con lo que dices.

Algo en su bolso sonó. Comprobó el teléfono. Después lo guardó y se puso en pie.

—Aquí termina todo, ¿verdad? —dije apagado. Asia agachó la mirada y el vagón se detuvo lentamente—: No voy a pedirte un contacto. No sería lo mismo, después de todo.

—Quizá no nos veamos jamás.

—El destino dirá —bromeé con ironía.

—La vida no siempre tiene razón —repitió. Su corazón palpitaba mientras nos mirábamos a los ojos y yo apretaba los labios. Podía sentir los latidos en su garganta. La situación era extraña, desconocida hasta para los mirones del alrededor. Cuando las puertas se abrieron, susurró unas últimas palabras:—¿Me acompañarías a por un café?

—¿Bromeas? —dije confuso.

Ella negó con la cabeza y sin pensármelo dos veces, la seguí con el maletín en la mano.

Abandonamos una parada de metro irreconocible, sumidos por el éxtasis del momento en que dos extraños se encuentran hablando de sí mismos, levantando las cartas sobre el tapiz. Reflexioné en cómo resultaba todo tan sincero ante una persona anónima. Podía mentir o fingir, pero me sentía más cómodo dictando mi verdad al aire. Era como hablarle a una pared con vida. Después se lo pregunté a ella. Asia respondió que vivimos en un lamento diario por situaciones que no ocurren. Hechos que jamás saldrían bien si los forzásemos.

Su voz desgarrada había perdido el miedo a la intuición, a expresar lo que sentía cuando así lo creía.

Pedimos café para llevar y caminamos hasta la entrada de un hermoso y colorido parque, rico por la verdosa naturaleza y los lagos que lo rodeaban. Para entonces, ya no me importó qué hacía fuera de su horario laboral. Todo sucedía como en el guión de una película francesa y yo no era el más indicado para pedir explicaciones.

Tras un calmado paseo, descansamos en un banco junto al agua. El reflejo de los setos formaba el retrato de una rana.

Una pareja de jóvenes aparcó sus bicicletas al otro lado del camino.

—Dime la verdad… una mujer te ha traído hasta aquí.

—Vaya —dije sorprendido—. Eres muy intuitiva.

—Siempre hay una persona —contestó—. Nos escudamos llamándolas razones, pero siempre son personas las que nos hacen cambiar de rumbo, de lugar, de vida. Personas cercanas o que aún no hemos conocido, pero siempre personas.

—¿Y cuál es tu historia?

Ella tenía razón. Al igual que yo, Asia huía sin tener claro a dónde. Había dejado meses atrás a su futuro marido en el altar: un tipo rubio y adinerado con gafas de pasta y trajes entallados. Su descripción fue tan precisa que pude imaginarlo frente a nosotrosy sentí lástima por él. Desolada, intentó mejorar su vida comprándose un deportivo, practicando pilates, encontrando un salario más alto; alquilando un piso en el centro decorado con muebles de Ikea y dispositivos Apple. Sin embargo, lo tangible no fue suficiente para encontrar el equilibrio mental que permite disfrutar de la existencia. La presión social a la que le sometía el entorno era frustrante: amistades que contraían matrimonio, cumpleaños en soledad descorchando botellas de vino y ella aún no estaba preparada para que alguien aportara un poco de calor en su cama.

—La soledad te hará más fuerte o terminará contigo —dije pensando en mí.

—Me aterra no poder enfrentarla.

—No tengas miedo —repuse—. La felicidad es sólo una apariencia de cómo te sientes.

—Como las apariencias, los sentimientos también nos engañan.

Conversando y con el sol sobre nuestros pies, olvidamos por completo al resto hasta que su teléfono sonó de nuevo.

—Lo siento. Tengo que marcharme.

Le acompañé y abandonamos el parque, introduciéndonos de nuevo en el metro. Una extraña sensación de pérdida inundó mis entrañas. Sus ojos expresaron algo, aunque no encajé bien el qué. Compartimos tanto en tan poco tiempo que resultó difícil acertar con una respuesta.

Enfrentados cuerpo con cuerpo, sujetos por una de las barras, di un repaso a su figura y la fotografié en mi memoria.

—¿Te preguntarás qué habría sucedido? —dijo cabizbaja con brillo en los labios.

—A diario, seguramente.

Asia sonrió.

Me pareció eternamente hermosa.

—Aún no puedo creer que haya ocurrido. Eres tan joven que resultas invisible. Si tan sólo no hubieras llamado mi atención…

—Sería ciencia ficción —bromeé—. De todos modos, nunca lo sabremos.

De repente, el vagón desaceleró.

Un yunque emocional aplastó mi estómago. Se escapaba y pronto desaparecería.

La abracé con suavidad y me besó en la mejilla.

—Supongo que aquí sí que termina todo, ¿verdad? —preguntó.

Sopesé si deseaba volverla a ver de nuevo, aunque nada resultaría tan fresco como una primera vez.

—Me desilusionará pensar que fue cosa del azar.

—Será difícil olvidarte —contestó.

Finalmente, Asia corrió y vi su cuerpo menguar cuando en un arranque de valentía decidí seguirla para llamar su atención. Me inundé de pasión por conocer todo sobre ella, manifestar en un grito que era la causa que me había movido hasta allí sin siquiera saberlo. Yo quería ser quien la cobijara entre sus sábanas. Pero una vez más, llegué tarde.

Frente a la estación de autobuses, un tipo con traje, cabello dorado y monturas de pasta, se apeó de uno de los vehículos y agarró efusivamente a Asia, rodeándola entre sus fuertes brazos con un apasionado beso.

Su perfume aún yacía en mi ropa. Todo había sido un espejismo.

Junto a la puerta de una tienda de comida, observé sus siluetas saltarinas, como las de esas parejas que contemplaba a diario; desvaneciéndose en el interior de un taxi, dejando una ráfaga de humo en el recuerdo.

Quizá ella estuvo en lo cierto. La vida no siempre tenía razón y cercanas o desconocidas, eran sólo las personas quienes nos llevaban hasta el siguiente paso. Mi lugar era aquel y la decepción, mi propia medicina.

Junto a las apariencias, los sentimientos me engañaron una vez más.

Decidí no lamentarme por ello.

Una imagen vino a mi memoria y encendí un cigarrillo.

Como dos bandadas de pájaros que se cruzaron en el cielo emigrando hacia otro lugar, nuestros destinos opuestos dejaron un encuentro efímero en aquel vagón.

Una situación insólita que jamás olvidaré.

Detenido frente a la estación, abrí el maletín, los folios volaron movidos por el viento, y con ellos, historias en blanco que pesaban demasiado.

Relato escrito en mayo de 2013.

0 Comments